En tiempos de planteamientos ajedrecísticos, tácticas conservadoras y talentos encorsetados, el baloncesto del Madrid es una bendición incluso en los días malos. La pizarra de Laso propone duelos a tumba abierta donde prima la intención de meter más puntos que el rival antes que la idea de encajar menos que el enemigo. Ante el Charleroi, la tarde parecía destinada al paseo y acabó por convertirse en un martirio. Pero la intimidación de Ibaka y la decisión de Pocius sofocaron la rebelión de los belgas en un partido desatado. Un correcalles ofensivo sin orden ni concierto que cayó del lado madridista en los segundos finales.

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